Los Niños Blancos

Me despertó el frio de la media noche, en esos tiempos, el aire helado que bajaba del bosque solía colarse por mis paredes de caña; de repente tuve miedo, en mi habitación se había instalado una profunda oscuridad y un silencio sepulcral; aturdido, corrí buscando el resguardo de la luz que se colaba por la ventana, producto de la única farola del pueblo.

Ahí los vi, a la distancia, varios niños de piel blanca, jugaban en nuestra improvisada cancha de futbol, gritaban y reían mientras perseguían algo que parecía una pelota, no sabría decir cuántos eran, quizás cuatro o cinco, se perdían en la oscuridad y volvían a mi vista cuando los iluminaba la farola.

La curiosidad le ganó al miedo, quité el cerrojo de mi puerta y salí a la calle para verlos más de cerca, he de haber hecho algún ruido porque se detuvieron de repente y voltearon hacia mi persona.

También me detuve en seco, sentí el peso de su mirada, su molestia por perturbarlos, me invadió nuevamente el frio y el miedo de mi habitación; los niños tiraron la pelota y caminaron directo al monte, a la oscuridad, en dirección a una caverna donde nace un árbol de higo.

No pude seguirlos, más bien no pude moverme, hasta que los niños desaparecieron, y todo regresó a la normalidad; volví a mi casa confundido, tardé en conciliar el sueño.

Las siguientes semanas estuve mirando desde mi ventana, esperando a que llegara la media noche, y con ella los niños blancos; pero ellos no regresaron, aunque juro que algunas noches podía escuchar sus risas desde mi cuarto.

Ahora, el pueblo está más iluminado, hay una cancha de basquetbol y una escuela frente a mi casa, algunos maestros me han contado, que más allá por el bosque, al caer la noche, suelen ver a unos niños jugando cerca del viejo árbol de higo, pero siempre que se acercan los niños desaparecen, y solo sus risas, permanecen en el aire.   

Ocozocoautla de Espinoza, Chiapas, México   

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