Dulce de Calabaza
Mi abuela falleció un día de octubre, de hace ya muchos años, era una mujer fuerte de carácter y cortante en su trato, mi madre la justificaba diciendo que la vida había sido ingrata con ella y la anciana se limitaba a hacer un gesto de indiferencia.
Un día, mi abuela llegó cargando una cesta llena de calabazas, se acercó a mi madre y con una sonrisa suavemente delineada en su arrugado rostro, le dijo, -prepárame dulce de calabaza, no vaya a ser que llegue el día de las animas y no alcance a probarla-. Mi madre se limitó a obedecerle, aparte del clásico chantaje de la anciana donde profetizaba su muerte, la palabra de mi padre y de mi abuela eran ley en la casa.
Aquella noche cenamos dulce de calabaza con un poco de atole de maíz, si bien la vieja degustó unas cuantas calabazas, pidió a mi madre el cazo donde se había preparado el manjar y una vez en su poder, deslizó el dedo en la superficie de éste para sustraer la miel dorada que allí permanecía, repitió la operación hasta limpiar el trasto. Todos en la familia conocíamos la debilidad de la abuela por los dulces y aunque en esta ocasión su comportamiento resultaba exagerado, no hicimos comentario alguno.
Para cuando la luna estaba en su cenit, la anciana enfermó; mis padres improvisaron una camilla con ramas y retazos de tela e intentaron llevarla al pueblo, más la accidentada geografía de la zona obstaculizó el descenso. Con las primeras horas del alba, a mitad de camino al pueblo, la anciana exhaló su último aliento.
Enterramos a la abuela en el patio, al costado izquierdo de la casa, justo a un lado de donde sepultamos al abuelo. Un día completo empleamos para construir el montículo que indicaba el lugar de la sepultura, a la manera cristiana, mi padre colocó una cruz de madera teñida con la blancura de la cal.
El día de muertos realizamos las ofrendas y convivimos con nuestros difuntos, de mi parte le dejé una gran pieza de dulce de calabaza, grata alegría me causó el encontrar aquel postre terminado, por lo que cada que podía llevaba una pieza de dulce al montículo y al día siguiente solo hallaba las sobras.
Fue el doctor del pueblo quién le dijo a mi madre que a mi abuela la mató el azúcar, la dolida mujer entendió dos cosas; que el dulce de calabaza había matado a la anciana y que el azúcar podía llevarse a cualquiera de la familia, por lo que a excepción de mi padre, se prohibió el consumo de dulce en la casa y para mi difunta abuela esto significó el fin de mis obsequios.
Una tarde de verano, mi padre me mandó a revisar a los animales, verificaba que todo estuviera bien cerrado en el cercado, cuando me detuve ante la sensación de ser observado, barrí con la mirada el horizonte y escondida dentro de la bruma taciturna vi por primera vez el ánima de mi abuela, sentada en un tocón parecía vestir la ropa con la que la sepultamos, su aspecto se confundía con el de la niebla y su rostro apenas se alcanzaba a distinguir, nos miramos durante un par de segundos hasta que la silueta ceniza se desvaneció en la espesura gris.
No tuve miedo ni a ese, ni a posteriores encuentros. Solía verle a partir del ocaso rondando las afueras de la casa, errante se la paseaba murmurando palabras difícilmente perceptibles y así como llegaba, se iba. No comenté a mis familiares lo que veía, de alguna manera había creado un vínculo con la difunta y nuevamente la visitaba para dejarle algún detalle en su tumba. En una ocasión la vi parada en el umbral de la puerta, -pasa-, le dije amablemente y la figura dio unos pasos hacia adelante y se desvaneció.
Una noche me despertó el sonido de los trastes al chocar entre estos, intenté levantar a mis hermanos que se arremolinaban en torno a mí, mas ninguno despertó, me levanté del petate y me asomé al salón, allí encontré la figura de la anciana rebuscando entre los alimentos y al notar mi presencia huyó hacia las sombras, donde desapareció.
El ruido se hizo recurrente por las noches y el poco dulce que se guardaba en la casa comenzó a desaparecer, mi madre castigó a sus hijos creyendo que éramos los culpables, yo sabía que era el ánima de la abuela, había escuchado el rechinido de sus dedos frotando los trastos, cuando se relamía, mascaba o saboreaba por las noches cualquier manjar que hubiera encontrado.
Si bien la difunta se entretenía comiendo el poco dulce de la casa, en ocasiones escuchaba sus lamentos en el patio, sabía que buscaba dulce de calabaza por lo que cerca de su aniversario luctuoso me esforcé por conseguirlo. En la tarde coloqué el alimento encima de su tumba y me dispuse a encontrarla por la noche.
Con el pretexto de ir al baño salí de la casa y me acerqué a las tumbas, pese a la niebla podía divisar encima del montículo, la silueta encorvada de la anciana, al acercarme para hablarle pude apreciarla con toda lucidez y me detuve en seco.
Aquel demonio no era mi abuela, hacía el sonido de los cerdos al comer mientras devoraba con prisas hasta la cascara de las calabazas, aunque estaba cubierto por una densa capa negra y roída, esta no ocultaba su deformidad, tenía un hombro más caído y un brazo ligeramente más corto, los dedos de las manos y los pies eran absurdamente largos, el rostro se componía de una larga nariz afilada, dos cuencas vacías donde se supone debían estar los ojos y una boca difícil de identificar por los restos de calabaza, en la cabeza, hinchada como un tubérculo, remataban algunos cabellos.
El ser me observó y bosquejó una sonrisa burlona, con la voz de la difunta me agradeció el dulce de calabaza, acto seguido dio un largo salto y moviéndose al ritmo del viento me envolvió con la oscuridad de su manto.
Recuerdo caminar desorientado a la casa, incapaz de ver nada más que la penumbra y escuchar las falsas carcajadas de la abuela resonando en el ambiente. Varios días estuve en ese estado, acosado en los sueños por aquel monstruo.
Tuvo que llegar el Hermano Mayor del pueblo, al parecer, mi alma había sido capturada por aquel demonio; para salvarla, prendió velas en la iglesia del pueblo, cantó para llamar a nuestros guardianes y les ofreció un tributo para trocar por mi alma.
Desperté al cuarto día, desorientado y con el cuerpo adolorido, aunque con el pasar de las horas me repuse. Desde aquella ocasión, y hasta la fecha, no suelo consumir o guardar azúcar, ni mucho menos, acercarme solo al panteón de la familia.





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